Forn de pa tradicional Nuria. Roger de Flor 252 (Rosellón/Córcega), 08025 Barcelona. 93 458 62 38.
Hace unos días fui a cenar al restaurante Osmosis muy bien recomendada por el Hotel Majestic y probé un pan del que no he podido dejar de pensar. Mis suegros nos invitaron a cenar a este restaurante junto con unos médicos de Sao Paolo, y no pude indagar más sobre dicho restaurante y menos ponerme a hacer fotografías, pero trataré de explicar lo que sentí. Para empezar, os contaré que el restaurante me sorprendió muchísimo, ya que no conocía su existencia y tomamos un menú degustación delicioso (lástima que la decoración no acompañe). La cocina es tradicional de mercado, y el menú constó de 5 entrantes y 2 postres. Mientras esperábamos a ser servidos, nos trajeron un pan que me sorpendió muchísimo porque era como un bizcocho de 18 cms de alto. Y esponjoso a más no poder, pero sin ser aire, sinó consistente. Y encima la corteza crujiente, espectacular. Resulta que este pan está horneado en un horno de suela, que reparte mejor el calor y hace que tanto la miga como la corteza tengan una consistencia más uniforme. El pan es de doble fermentación, por eso su altura en miga y su consistencia de pa de pessic, que se trabaja con una harina que provoca mayor expansión. El pan venía acompañado de una bandejita con dos aceitera Marquina mini. Una contenía un aceite de Bargalló con las mejor selección de arbequinas catalanas y la otra estaba llena de Guadalimar, que es un aceite de Jaén, mezcla entre Picual y Hojiblanca con un poco de arbequina para suavizar.
Nos acompañaban 3 bols pequeñitos con 3 sales diferentes para degustar y maridar con los aceites. Uno blanco, lleno de sal Maldon ingl´esa, con un 90% de cloruro sódico. Luego una sal negra volcánica de Hawai que dejan secar sobre la tierra, recogiendo así todos sus oligoelmentos, con un 97% de cloruro sódico. Y por último, una sal rosa, proviniente del rio australiano Murray, que es la sal con menos porcentaje de cloruro sódico, en un 37% y curiosamente la más soluble. Imaginaros este pan de kilo servido calentito con este juego de sabores y aromas. Espectacular. Cuando me fui, me quedé charlando un rato con el jefe de sala y me dijo que este pan inolvidable era de la panadería Nuria. Ya sé que el post debería hablar sobre el Osmosis, pero para mí, y a pesar de haber disfrutado muchísimo de la cena, el pan es tan importante como el resto. Y eso mismo comprendí que era la filosofía del restaurante, cuidarlo todo hasta el más mínimo detalle.
Fígaro coctelería snack bar. Muntanter 212 (esq Londres), 08036 Barcelona. T 93 200 333 46. www.figarococteleria.com
El jueves me invitaron a la preinauguración de una nueva coctelería en Barcelona del grupo Sant Telmo (Tantarantana, San Telmo, El Canalla, El Villano). En una localización clave en Barcelona, ocupando el sitio del mítico café Milano, se encuentra esta coctelería llamada Fígaro, nombre del loro de la interiorista, Pilar Libano, que casualmente también ha hecho el interiorismo del Velódromo, que está justo delante. Aunque el estilo es completamente diferente. Figaro es un local que curiosamente funciona tanto de día como de noche, sirven desayunos, comidas y cenas y obviamente, unos cócteles de primera. De día es un local muy agradable por los inmensos ventanales que dan a la calle y por su cómodo banco acolchado. Y por la noche, la iluminación juega un papel importante, tanto por las preciosas lámparas que cuelgan de su techo como por las pequeñas luces que se encuentran en los estantes, reflejando la luz en sus botellas.
Me sorpendió el interiorismo, pero sobretodo, la lista de cócteles que ofrecen, todos a 9 €. Hay un total de 50 referencias, donde se pueden encontrar cócteles clásicos como el Dry Martini, Tom Collins o Rob Roy, caribeños como Mojitos, Caipirinhas y Daiquiris y modernos como el Pornstar Martini, Mytsi Yto o Freddy Fudpucker. Además también se pueden encontrar cavas y champagnes y cócteles sin alcohol (como los que tomábamos a los 14 años en las discotecas). El maestro coctelero se llama Roger Vilalta (viene del Mandarin) y creo tiene pensado ampliar la lista con mezclas originales. También oí que quiere acompañar cada cóctel con un poema, con esto os lo digo todo. Yo me tomé un Moscow Mule, interesante por su mezcla con gengible, lima y vodka y luego un Daiquiri, que me hizo sentir como Hemingway en el Floridita, pero con menos humedad ambiental y lamentablemente sin el Tropicana to follow.
Pero no sólo los cócteles estaban perfectos, en su justa medida de alcohol, temperatura, cantidad y aroma, sinó que sigo salivando por el pepito que me tomé. Sí, sí, pensé que habrían snacks para acompañar, pero no platillos de semejante calidad. Me tomé 2 tartars espectaculares (serán una de sus especialidades) y tuve la suerte de tomarme 2 pepitos (estaban muy buscados), que me dejaron prendada del Fígaro. Estuve hablando con Isidro Marqués y Myriam Fernández, los dueños del local, y me estuvieron contando que al mediodía también habrá un menú de 9,5 €. En la carta podremos encontrar platos como edamame, guisantes con wasabi, ensaladas (me comentaron que la de la casa era de judía verde, huevo poché, patata y tomate), tartares de todo tipo (tomate, atún y solomillo), platos del mar como cebiche, ostras, berberechos, sepionetas y cómo no, el pepito de solomillo de ternera del que os he hablado antes. No me dió tiempo de hablar con el cocinero, Javier Álvarez, pero la siguiente vez que vaya le diré que me hable de los ingredientes secretos que componen este pepito que prometeré no rebelar…
Mientras bebíamos y comíamos, el ambiente era distendido, acompañados por la música de Marc Campillo de Foehn Records, que pinchó jazz, soul y clásicos de los 50. Me comentó que la idea es tener a la disposición del cliente los vinilos para que él mismo pueda hacer la selección y escuchar lo que le apetezca. El local no es una coctelería seria como las de antes, pero cuenta con todos los ingredientes para serlo, aunque el Grupo San Telmo ha sabido darle la vuelta e informalizarlo sin perder un ápice de profesioalidad. Estoy segura de que les irá muy bien, y sobretodo potenciando esa zona de Barcelona como centro gastronómico lúdico (Chez Coco, Velódromo, las maravillas del pasaje Marimón…). Al final no se trata de competir, sinó de sumar, de crear sinergias. Ojalá el loro Fígaro pudiera traerme volando a mi casa ahora mismo un Daiquiri acompañado de unos pepitos de solomillo y cantándome mientras Whiskey Ron & Coca Cola de las Andrew Sisters.
Juanra es un hombre pegado a una cámara (la del iphone), por ello estuvo toda la cena Instagrameando. Días más tarde, nos dejó con este maravilloso legado que no he podido evitar publicar. Juanra es un buen director de arte/fotógrafo, pero la verdad sea dicha, la pasta que hizo Fabian es muy, muy fotogénica. Qué bueno todo Fabian, quiero repetir ya.
Un año y medio. Sí un año y medio es lo que hemos tardado en poner fecha a esta cena que finalmente logramos hacer el viernes pasado en la preciosísima casa de Fabian y Mónica junto con Juanra y Cris. Las expectativas eran altas, pero las superaron con creces. Ya llevaba tiempo oyendo hablar de las bacanales de Fabian, pero nunca me imaginé que llegaban a este nivel de profesionalismo y exquisitez. Fabian proviene de una familia uruguaya de gran tradición en la restauración y en concreto, en el arte de la cocina italiana. De hecho, de los 14 a los 21 años, Fabian estuvo ejerciendo de pizzero en su negocio familiar y de ahí, junto con su exquisito gusto por hacer las cosas bien (sinó mirad su estudio de diseño byTalking), aprendió parte de su arte. Nos citó a las 19:30 para poder elaborar la pasta entre todos, pero Fabian ya llevaba horas cocinando. El aroma que se percibió cuando cruzamos el umbral de su puerta ya nos dibujó una sonrisa en la boca y una ilusión en la mirada. Entramos a la cocina, que es de esas cocinas vividas que tienen alma y carácter, y vimos a Fabian cortando unas maravillosas pizzas (de cebolla y margarita) que había hecho para sus niños. Sí, sí, como aquel que no quiere la cosa, con toda naturalidad, como si fuera la cena cotidiana. Y es que así es, porque durante la cena, cuenta Mónica que cuando años atrás (antes de ser padres) llegaban de marcha a las tantas, les daba por comer pizza, pero claro, empezaban de cero, hacían la masa, la dejaban fermentar, la extendían, la decoraban y al horno. Con esto os lo digo todo.
Las pizzas son gordas, con una masa suave y esponjosa de las que no olvidaré. Y es que me cuenta Mónica que Fabian no hace cualquier masa, sinó que investiga qué proporciones de cada ingrediente son más adecuadas para cada plato. El nivel de estupefacción aumentaba, igual que la ilusión por estar ahí y vivir esta maravillosa coreografía. En el caso de estas pizzas, la masa es igual a la de Pizzarium, una pizzería muy pequeña cerca del Vaticano que tiene una barra donde sólo cabe una persona y que trabaja con masa madre desde hace más de 80 años.
Al llegar, la cocina nos acogió con calor, porque es una de esas cocinas donde se cocina de verdad, donde no importa el desorden (ordenado) porque en esa naturalidad radica su belleza. Las paredes son verdes, las lámparas vintage, los muebles antiguos, la mesa de madera vieja, las sillas recuperadas… una de las cocinas más bonitas que he visto. Sentí envidia de la buena, y me dije a mi misma “Este es el ambiente en el que quiero que crezca Simón”.
Cómo íbamos a trabajar entre todos (al menos esa era la idea, pero al final hicimos más bien de expectadores mientras veíamos a Fabian bailar el vals), los anfitriones ya se habían preocupado por mantenernos entretenidos con un bol de parmesano con tomates secos, unas olivas con pepperoncino, un trozo de pan con hierbas recién hecho y unas deliciosas pizzas. Ah! Y una curiosidad, romero y salvia frita con aceite y un poco de ajo, absolutamente sorprendente y delicioso. Tuto buonisimo, per morire veramente!
Mientras, con una A.K. Damm en mano, y después de que el asombro nos dejara reaccionar, empezamos a ayudar. Hicimos garganelli, plato típico del norte de Italia que es una especie de macarrón enrollado manualmente. Se hace con exactamente 40 yemas por kilo de harina. Fue un espectáculo vero todas esas yemas preciosas juntas (de unos huevos blancos que por lo visto tienen la yema de color más intenso) mezclarse con la harina blanca. Trabajamos la masa con convicción y tras pasarla por la máquina de hacer pasta y dejarla en láminas finas, las cortamos a cuadraditos y las enrollamos con un arricchiagnocchi que es un pequeño instrumento de madera formado por una especie de tablita rayada (para que la salsa pueda meterse entre las ranuras y sea más sabrosa) con un palito de madera donde envolveremos la pasta.
También hicimos ravioli, unos rellenos de espinacas y queso ricotta y otros de berengenas con spek. Fabian puso todo a hervir a la vez, los ravioli y los garganelli y lo sirvió al más puro estilo Jaimie Oliver, con decisión, espontaneidad y frescura. El plato era inolvidable: entre la pasta, encontramos funghi porcini (aportando carácter y personalidad), tomates cherry (previamente pelados y hechos en el horno con aceite y orégano, tan buenos que se te deshacían en la boca y le aportaban ese toque de acidez y frescura al plato), unas hojas de albahaca (el aroma de la albahaca fresca es para mí inmejorable). Y encima de todo, un grana padano rallado. Y de postre, como no, un tiramisú home made que hizo Fabian con arte en tiempo record. No tengo palabras para explicar a qué sabía todo lo que degusté, es lo más cercano a la perfección que he vivido, y no sólo porque estaba todo exquisito, sinó por la magia de la cena, porque todos participamos en el proceso, porque lo valoramos, lo vivimos, contamos historias, reimos, disfrutamos… y eso para mí puede llegar a dejar la comida en segundo plano. Pero no fue el caso, sinó que la cena, además sumó, y mucho, e hizo que fuera, como he dicho antes, inolvidable. Gracias amigos.
One of a Kind. Pequeñas piezas únicas de cupcakes, tortitas, rosquillas, pastelitos… para decorarte
Cocinando Joyas con Gisela Garcia from Bodalicious on Vimeo.
Gisela García ama lo que hace, y eso se refleja en sus piezas. Trabajó durante 12 años como diseñadora industrial, aunque nunca dejó de lado su interés por la joyería hasta hace bien poco, cuando a los 31 años, decidió dejarlo todo y seguir lo que dictaba su corazón: trabajar con las manos y hacer pequeñas delicias no comestibles.
Mexicana de nacimiento y barcelonesa de adopción, Gisela aprendió sobre la tecnica de la porcelana fría a través de su suegra, otra apasionada de la cocina, el buen comer y las artes plásticas. La porcelana fría es una masa flexible y maleable que permite hacer prácticamente cualquier tipo de pieza. Su composición es a base de cola vinílica y fécula de maíz (la maizena). Los mexicanos, como sabéis, usan el maíz como base para todos sus platos (tacos, burritos, quesadillas, enchiladas, tortitas…) y Gisela, como buena mexicana, ha sabido sacarle partido a la materia prima de su país.
Aunque el punto de venta principal es online en www.giselagarcia.es, también la podrás encontrar en:
Madame Chocolat. Passeig de Sant Joan, 7
Fet Amb Love. Passeig del Born, 2
Freya. Verdi, 17
Glint. Banys Nous, 22
Joyas hechas con fécula de maíz, pero sobretodo con mucho amor.
















